LA EXISTENCIA DE DIOS

Evidencias racionales de la existencia de Dios
a) El argumento cosmológico.
El argumento cosmológico presenta evidencia de que Dios existe y que es la Primera Causa de todas las cosas. Existen cuatro teorías que han sido propuestas por filósofos y metafísicos en cuanto al origen del universo material:

1.- Que la constitución de la naturaleza es eterna, y que sus formas han existido siempre.

2.- Que la materia ha existido siempre, pero su constitución presente y su forma han estado sujetos a un auto-desarrollo, lo cual es la creencia del ateo moderno.

3.- Que la materia es eterna, pero su clasificación presente y su orden son la obra de Dios.

4.- Que la materia es una cosa creada, habiendo sido traída a la existencia de la nada por el poder engendrador de Dios. Esto coincide con la revelación bíblica. (Gn 1:1) “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”, (Hb 11:3) “… de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía”.

La creencia que todo efecto tiene su causa es el principio básico sobre el cual el argumento cosmológico avanza a sus innegables conclusiones. “De la nada, nada puede surgir” es un axioma que ha sido reconocido por los filósofos de todas las edades. Aceptar que alguna cosa se ha hecho existir a sí misma es aceptar que dicha cosa actuó antes de existir, lo cual es algo absurdo. La existencia no puede ser engendrada por la inexistencia.

Razonando desde la supuesta premisa de que no hay Dios, el ateo está obligado a proclamar que la materia es eterna y, por lo tanto, autosuficiente. La materia está compuesta de innumerables partículas que no están relacionadas, o que no dependen la una de la otra. Así que, a cada partícula tiene que atribuírsele el elemento de autosuficiencia eterna. A la materia inerte hay que añadirle, entonces, todas las fuerzas químicas, las leyes de la naturaleza y el principio de la vida en todas sus formas.

Todos los hombres asumen que cada efecto tiene un antecedente a cuya eficiencia se debe. Ellos nunca estiman una simple anterioridad, no importa que tan uniforme haya sido en el pasado, o que tan cierta en el futuro, como algo que constituye una relación causal. La sucesión de las estaciones ha sido uniforme en el pasado, y estamos confiados que lo será en el futuro; pero nadie afirma que el invierno es la causa del verano. Todos están conscientes que la causa expresa una relación completamente diferente a la de una simple antecedente.

Pero, ¿quién ha sustanciado jamás la afirmación que la creación de la materia es imposible para el Dios infinito? La afirmación que Dios creó todas las cosas no ofrece contradicción de clase alguna, sino que solamente confiere a Dios más habilidad que la que reside en el hombre. Pero debido a que es completamente imposible para nosotros crear ninguna nueva sustancia, los hombres se apresuran a medir todas las cosas por medio de sus propias limitaciones, y a suponer como algo universalmente imposible para cualquier poder crear alguna cosa.

Para que una sustancia sea hecha de la nada por Dios, o por un ser infinitamente perfecto, no es para éste el hecho de la nada en el sentido imposible, sino que proviene de Aquel que lo es todo (Ef 1:23).

Como un rechazamiento ciego de la verdad, la declaración del ateo que la materia es autosuficiente y eterna es igualado por el concepto ímprobo y absurdo que la naturaleza es capaz de autogeneración, que el azar es una explicación adecuada del origen del universo, o que la necesidad es la base da la existencia de todas las cosas. Sin embargo, el argumento cosmológico a favor de la existencia de Dios como la Primera Causa de todas las cosas permanece firme e inafectado en su valor evidencial.

Así la Primera Causa no es autocreada, sino que es eterna y por lo tanto autosuficiente, ya que él no depende de nada fuera de Sí mismo, no habiendo sido causado por nada ni nadie.

Esta Primera Causa autosuficiente y eterna es lo suficientemente sabia para concebir la creación en toda su maravilla, y suficientemente poderosa para hacer que exista.

La declaración de Locke tocante al argumento cosmológico es la siguiente: “Yo existo; y no he existido siempre; todo lo que comienza a existir tiene que tener una causa: la causa tiene que ser adecuada: esta causa adecuada es ilimitada: ésta tiene que ser Dios”.

La declaración de Howe acerca del argumento es concluyente: “Algo ha existido desde la eternidad; de ahí que tiene que haber existido sin causa: de ahí que tiene que ser independiente; y de ahí que tiene que ser necesario; de ahí que tiene que ser autogenerador; y de ahí que tiene que ser originalmente vital, y la fuente de toda vida”.

De lo que hemos dicho podrá observarse que el argumento cosmológico es enfatizado como prueba de varias cualidades de Dios, a saber, autosuficiente, eterno, omnisciente, poderoso, ilimitado, independiente, vital y la fuente de toda vida.

Se ha dicho que cuando se echan estas “pruebas de la existencia de Dios” por la puerta suelen volver a casa por la ventana, puesto que el hombre, sintiendo su dependencia e insuficiencia propia, busca a “algo” o a “Alguien” que pueda explicar su propia existencia y el orden que existe en la naturaleza.

b) El argumento teológico.
El hecho de la existencia de un diseño, que es demostrado en toda cosa creada, exhibe la inteligencia y el propósito racional del Creador. Este argumento no podría ser mejor expresado que como aparece en las palabras del salmista: (Sl 94:9-10) “El que hizo el oído, ¿no oirá?, el que formó el ojo, ¿no verá? el que castiga a las naciones, ¿no reprenderá? ¿no sabrá el que enseña al hombre la ciencia?”

En esta época caracterizada como ninguna otra por el desarrollo mecánico, los hombres están impresionados, y es justo que así sea, con lo que la ingeniosidad y la diligencia humana han realizado. Pero en verdad el hombre no origina nada, y su más apreciado acto de invención no es sino el descubrimiento y utilización de provisiones y fuerzas que ya estaban en existencia a causa del acto creador de Dios. Cuando el hombre se gloría en su descubrimiento de los secretos de la naturaleza, es pertinente inquirir quién ha creado y constituido la naturaleza con sus maravillas unidas y sistematizadas, tan extraordinarias, en verdad que ninguna mente humana puede comprender su extensión telescópica, ni comprender su perfección microscópica. De este despliegue incomprensible de maravillas el hombre arrebata ocasionalmente una fracción de algo que a lo sumo ni aun podría ser una débil representación de ese todo del cual dicha fracción forma parte.

Por tanto la función del argumento teológico es mostrar la existencia evidente, el diseño completo y la inteligencia del Creador manifestada en el orden, estructura, y fin de todas las cosas que forman parte del universo.

Si seguimos el punto de vista del ateo, de la necesidad ciega e irracional, tenemos que asumir la existencia de un poder que produce lo inteligente y racional, sin ser él mismo inteligente y racional. Obra en todas las cosas, y en cada una con referencia exacta a todas, pero sin conocer nada por sí mismo ni de las leyes que sigue, ni del orden que ha establecido.

Cuando una combinación compleja de fenómenos heterogéneos aparece en armonía con la posibilidad de un acto futuro que no habrá sido incluido de antemano en ninguno de dichos fenómenos en particular, esa armonía solamente puede comprenderse por la mente humana por medio de una causa última.

Pensemos en una ilustración: “el casco de un barco, el mástil, las velas, el ancla, el timón, el compás, la carta náutica no están necesariamente relacionados y en relación a su procedencia física, son fenómenos heterogéneos. El uso futuro de un barco no está limitado sólo a uno de esos objetos, pero es hecho posible por la combinación de ellos. Esa combinación en el barco completamente equipado no tiene interpretación en nuestra inteligencia racional excepto en lo tocante a su existencia previa en cuanto a su uso en el pensamiento y el propósito humano. El uso del barco, por lo tanto, no es el simple resultado de su existencia, sino la causa final de su construcción”.

El organismo humano con su relación al medio ambiente en el cual funciona es una exhibición de un diseño, y por lo tanto indica tanto la existencia como la inteligencia de su Diseñador.

El mundo físico exterior y el laboratorio interno de los seres vivientes, están separados el uno del otro por velos impenetrables, y sin embargo, están unidos el uno al otro por una increíble armonía establecida de antemano. Por fuera un agente físico llamado luz; por dentro, hay una maquinaría óptica adaptada a la luz; por fuera, hay un agente llamado sonido; por dentro una maquinaria acústica adaptada al sonido; por fuera vegetales y animales; por dentro órganos adaptados para la asimilación de esas substancias; por fuera, un medio ambiente sólido, líquido o gaseoso; por dentro mil medios de locomoción adaptados al aire, la tierra y el agua. Así por un lado, hay los fenómenos últimos llamados vista, oído, nutrición, volar, caminar, nadar, etc., por otro lado, los ojos, los oídos, el estómago, las alas, las aletas y los miembros motores de todas clases.

Tiene que haber habido una causa especial para explicar ese sistema y esa comunicación.

En ningún otro lugar es exhibida esta predeterminada armonía, a que nos hemos referido, en una manera más maravillosa que entre el ojo y la luz. En la construcción de ese órgano tenemos que admitir que ningún rayo de luz cae dentro del profundo secreto del vientre maternal donde se forma el ojo. Pero aun así, la luz y el ojo están hechos el uno para el otro, y en el milagro del ojo reside de manera latente el conocimiento de la luz.

Aquellos que piensan que este globo terráqueo está convenido por la conglomeración fortuita (o fatal) de partículas materiales, ¿por qué toque de magia han podido ellos persuadir a tantas de esas partículas para que se juntasen formando un grano de tierra?

Los ateos, para quienes las producciones diarias de la naturaleza son tan comunes, ¡qué intenten imitarlas!. Que pongan a prueba su destreza produciendo una rosa.

¿Puede hacerse algo al azar que tenga todas las características del diseño? Cuatro dados pueden acaso caer todos de ases a la vez; pero, ¿pensaría usted que cuatrocientos dados, tirados al azar, producirían cuatrocientos ases? Si varios colores fuesen arrojados sobre un lienzo sin diseño, pudiesen tener la apariencia de un rostro humano pero ¿podría usted imaginar que dichos colores pudiesen producir un cuadro tan hermoso como el de Coan de Venus? Un cerdo, al voltear la tierra con su hocico, puede trazar algo parecido a la letra “a”, pero ¿puede imaginar usted que un cerdo describiera sobre la tierra el Andromaque de Ennio? La verdad es que lo fortuito nunca puede imitar perfectamente el diseño.

En relación a esto nos dice Paul Davies, porfesor de Física Teórica en la universidad de Adelaida, Australia:

“Aunque hoy tengamos leyes que lo explican “todo” ¿cómo explicamos esas leyes? Si se estudian esas leyes en detalle, ya no queda otra salida: hay que sentirse impresionado por su belleza y sencillez.

La creencia newtoniana en la inspiración divina ha sido definitivamente abandonada, pero no se ha explicado el auténtico origen de las leyes naturales. Es más, resulta curioso que la mayoría de los científicos de hoy en día no empleen ni un minuto de su tiempo en explicar de dónde proceden los principios de la ciencia. Y eso que esta gigantesca empresa que denominamos ciencia se basa, precisamente, en que el universo es un sistema regido por leyes racionales y aprehensibles.

El recurso a la divinidad resolvió muchos problemas en un tiempo de fervor religioso como el que les tocó vivir a Newton y sus discípulos, pero su abandono crea un vacío serio en el pensamiento de nuestros días. De hecho, si renunciamos a creer en las leyes naturales como ideas de Dios, podemos convertir a la ciencia en algo cercano a lo enigmático. Un enigma que se hace mayor cuando se considera que las leyes de la naturaleza no son fáciles de entender.

En los últimos cinco años, más o menos, se han ido dando cuenta los científicos de que las leyes de la Física, aparentemente, sólo podrían producir los componentes de la creación, habituales en nuestro alrededor y mantenerlos en funcionamiento (vías lácteas, estrellas, átomos y sobre todo nosotros mismos, los hombres) si todo se comporta aproximadamente de la misma forma en la que lo hace en realidad. Es decir, si las denominadas constantes de la naturaleza no se apartan mucho de los valores realmente medidos. Constantes de la naturaleza son, por ejemplo, la masa de un bloque o componente del núcleo de un átomo, la fuerza de atracción entre cargas eléctricas, el efecto recíproco entre distintos campos de fuerzas, etc. los investigadores que se ocupan de estas cosas sólo ven toda una cadena de casualidades improbables o casos de encuentros accidentales de los que depende la existencia del universo. Unas variaciones insignificantes serían suficientes para modificar drásticamente o destruir el universo; dicho de otro modo, si estos factores hubieran sido desde el principio algo más pequeños o algo más grandes de lo que son hoy, no habría podido surgir la vida en el espacio, y sobre todo, ninguna vida inteligente. Por ejemplo, en el caso de la gravitación, sería más que suficiente una debilitación o un aumento pequeñísimo para producir una catástrofe cósmica. Si se produjera un desorden en la relación de fuerzas entre la gravitación y los fenómenos electromagnéticos, todas las estrellas, incluso nuestros Sol, se convertirían, o bien en gigantes azules, o bien en enanos rojos.

Por todas partes a nuestro alrededor, encontramos pruebas de que la naturaleza lo ha logrado precisamente de la forma correcta. El resultado es, por lo tanto, el siguiente: las leyes fundamentales de la naturaleza, si se expresan matemáticamente, no sólo poseen gran elegancia, sencillez y lógica interna, sino que al mismo tiempo permiten que puedan existir sistemas, por ejemplo planetas, con espacios de vida adecuados que son simultáneamente estables y complejos, a fin de proporcionar la base para la vida racional. Sin embargo, esto significa: nuestra propia existencia está escrita en las leyes de la naturaleza. Evidentemente, parece que formamos parte de un gran plan. Y aquí se llega a una conclusión. Quien acepte que la nueva Física proporciona pruebas de la existencia de un “plan del universo”, se enfrentará a la pregunta: ¿quién es el planificador? pero aquí tenemos que dejar ya el campo de la ciencia, que se ocupa sólo del mundo natural, para pasar al campo de la teología.

Sin embargo, la nueva Física nos conduce con fuerza hacia una nueva dirección del pensamiento. Nos muestra un universo que es mucho más que una casualidad colosal y sin sentido. Yo por mi parte creo que detrás de nuestra existencia, existe un sentido”.

c) El argumento Antropológico.
El argumento antropológico está limitado al campo de la evidencia de la existencia de Dios y sus cualidades que pueden ser deducidas de la constitución del hombre.

La constitución orgánica del hombre pertenece al argumento teológico, pero hay factores específicos en el ser humano que suplen pruebas excepcionales de la consumación divina.

El hombre se compone de una parte material y otra inmaterial, y estas dos partes constituyentes no están relacionadas. La materia posee los atributos de extensión, forma, inercia, divisibilidad y afinidad química; mientras que la parte inmaterial del hombre posee los atributos del pensamiento, razón, sensibilidad, perceptibilidad y espontaneidad. Si fuese posible explicar el origen de la parte física del hombre por una teoría de desarrollo físico (lo cual no es posible), lo inmaterial, en cuanto a su origen, permanece como un problema insoluble aparte del reconocimiento de una causa suficiente.

Aunque en su estructura orgánica general la parte material del hombre es similar a la de los animales más elevados, es tan definida que es superior a todos los aspectos de la creación material. La mano del hombre ejecuta los altos diseños de su mente en toda clase de estructuras y artes, su voz responde a las demandas de una mente elevada en su lenguaje; su oído oye y sus ojos ven en áreas de realidad más allá de los límites de las bestias. El cuerpo humano es por ello una prueba específica de la existencia de un Creador, ya que de otra manera sería inexplicable.

La parte inmaterial del hombre, que incluye los elementos de la vida, inteligencia, sensibilidad, voluntad, conciencia y una innata creencia en Dios presenta aun más insistentemente la necesidad de una causa adecuada. La vida no puede brotar de la materia inerte, y aunque el evolucionista dice poder trazar todo lo que hoy existe de un vapor original, o protoplasma, todas esas teorías no serían toleradas en ningún otro campo de la investigación.

Otra vez decimos que la inteligencia del hombre con sus descubrimientos, invenciones, ciencia, literatura y arte demanda de manera insistente una causa adecuada. Igualmente, y bajo la misma inevitable obligación, tanto la sensibilidad como la voluntad con sus capacidades transcendentes demandan una causa digna. Y finalmente, la conciencia al igual que la creencia innata en Dios pueden explicarse más acertadamente afirmando que el hombre procede de Alguien que posee todos esos atributos en una grado infinito.

Una fuerza ciega, no importa lo excepcional que sea, nunca podría producir un hombre con inteligencia, sensibilidad, voluntad, conciencia y una creencia innata en el Creador. El producto de una fuerza ciega nunca se daría a sí mismo a la tarea del arte, la ciencia y la adoración a Dios.

De acuerdo con la teoría evolucionista del desarrollo natural, la criatura es el efecto de una causa natural y está formada y diseñada conforme a fuerzas sobre las cuales no tiene control alguno; pero en forma súbita este efecto surge y ejerce autoridad y poder sobre la misma naturaleza que supuestamente le produjo, y dirige todos sus recursos naturales para servir a su propósito y voluntad. ¿No sería acaso oportuno investigar cuándo fue que el hombre se volvió señor de la creación que se supone lo hubo creado? ¿Puede concebirse que el hombre que es capaz de coordinar la naturaleza para sus fines, es en sí mismo un simple resultado de lo realizado por la naturaleza? ¿No es un milagro admitir que dentro de una serie mecánica de fenómenos, un eslabón súbitamente tuviese el poder de invertir, de alguna manera, el orden de la serie?

Conclusión.
La evidencia obtenida por medio de la razón es poderosa dentro de sus propios límites y ofrece cierta seguridad de que, cuando la revelación y la razón son correctamente evaluadas, están en total armonía. La verdad siempre tiene que concordar con sí misma sin importar los diferentes ángulos de donde se mire ni los diferentes campos donde se encuentre.

¿Cómo prueba la Biblia la existencia de Dios?
Con todo, al examinar las doctrinas bíblicas, no tenemos necesidad de depender de estas “pruebas racionales”. Existen, y para nosotros son válidas, pero la Biblia no se propone “probar” la existencia de Dios, sino que da por sentado este gran HECHO y procede a revelar la Persona del Creador, con sus planes y sus obras, como es evidente por las primeras palabras de Génesis (Gn 1:1) “En el principio DIOS creó los cielos y la tierra”.

El teísmo bíblico no está, como el teísmo natural, limitado al proceso del razonamiento humano y a los simples hechos tocantes a la existencia de Dios, sino que es una manifestación de los detalles de la maravillosa verdad de la persona de Dios en términos explícitos, escritos por inspiración divina y preservados para siempre.

El estudiante debe obtener a través de la oración y la meditación y mediante el poder iluminador del Espíritu Santo, las ideas correctas y los conceptos dignos de Dios.

de migraciayverdad Etiquetado

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